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Curanto
Hoy el turismo en la Argentina se encuentra en pleno auge. A la extraordinaria gama de paisajes naturales que el país puede ofrecer a los visitantes se le suma, cada vez con mayor fuerza, una amplia diversidad de oferta cultural que abarca desde la infinita propuesta de espectáculos, exposiciones, congresos, ferias y demás eventos de la Capital Federal hasta el resurgir de antiguas tradiciones del interior. Y a veces sucede que en un solo lugar se suma la belleza natural a la cultura de sus habitantes. Si a eso se le agrega que lo cultural está relacionado con un plato típico, entonces al turista no le falta nada. Tal es el caso de lo que sucede en Colonia Suiza, una pequeña villa de montaña al pie del cerro López, situada a unos 25 Km. de la ciudad de Bariloche, cercada por arroyos, próxima a los lagos. La villa fue fundada a fines del siglo XIX por la familia Goye, inmigrantes oriundos de la Suiza francesa. Los Goye de la actualidad, descendientes directos de los pioneros, famosos en la zona por la exquisitez de sus chocolates, ofrecen al turista una comida típica muy particular: el Curanto. Su preparación implica todo una ceremonia por lo cual se invita al visitante a acercarse cuando se comienza con los preparativos. Se cava en la tierra un pozo rectangular de no mucha profundidad. Las dimensiones dependen de la cantidad de comensales. En general cada domingo se acercan entre 200 y 300 turistas, pero en ocasiones especiales los Goye han sabido preparar un Curanto para alrededor de 1.000 invitados. El pozo se llena de leños a los que se prende fuego. Sobre ellos se coloca una gran cantidad de piedras, más bien grandecitas. Cuando las piedras están bien calientes se las cubre con una primera capa de hojas grandes de plantas de la zona. Sobre ellas se vuelcan las carnes y verduras a cocinar a las que se cubre con una segunda capa de hojas. Se protege todo con lienzos y finalmente se tapa con tierra. La gente se retira a pasear por la villa con la consigna de volver puntualmente a la hora y cuarto. En ese lapso el calor de las piedras realiza la cocción de los alimentos enterrados. Luego se desentierra y todo el mundo a la mesa a comer hasta no dar más. Se sirven seis platos (puede haber variantes): carne de vaca con papas, chorizo acompañado con cebollas, pollo con manzana, matambre con batatas, cordero con zanahorias y por si fuera poco, calabaza rellena con queso, choclo y arvejas. Y si quiere repetir alguno de los platos no hay problemas. Para amenizar la reunión, no faltará un cantor que entone alguna copla de la zona. Más no se puede pedir.
Museo del Mar
Mar del Plata siempre sorprende a quien la visita. Es imposible aburrirse aún en temporadas como la que llegó a su fin, en la que el tiempo no ayudó tanto como otros años con sus días soleados que convocan a los veraneantes para disfrutar de su mar bravío. En esta ocasión, tal vez se debiera agradecer a ese mal tiempo, que posibilitó que muchos recorrieran sus calles y buscaran esos rincones atractivos que ofrece generosamente para el deleite de quienes los descubran. A muy pocas cuadras del centro, sobre la Avenida Colón, a 300 metros de la costa y en la cima de la loma Stella Maris, se encuentra “El Museo del Mar” uno de los nuevos atractivos de la ciudad. El museo ha sido edificado en un predio parcialmente ocupado por una casa construida hacia 1930 la que fue reformada respetando su fachada exterior, y una nueva construcción que complementa armoniosamente el estilo tradicional de la existente. El Museo del Mar surgió como homenaje a la memoria de Benjamín Sisterna, coleccionista de caracoles que pasó los últimos 40 años de su vida en la Ciudad de Mar del Plata y donde su pasión por los caracoles, nacida de un regalo de su hermano mientras éste se encontraba en el sur del país cumpliendo el servicio militar, fue creciendo de tal manera que a medida que su vida y su trabajo se lo permitieron viajó a lugares remotos, recorrió el mundo, buceando, canjeando, contactando nativos o coleccionistas para conseguir sus preciadas caracolas. Sisterna necesitó 26 viajes alrededor del mundo, explorando mares, playas, ríos y tierras en los recónditos y alejados lugares entre los que se destacan la Polinesia, Indonesia, Oceanía, África, Asia, Europa, América del Sur y muchos otros, para completar el material exhibido. La Colección de Caracoles Marinos y Terrestres, auténtico patrimonio de la Ciudad, se expone al público con un criterio de comunicación moderno y acorde a las más actuales corrientes museológicas: vitrinas, soportes, iluminación y textos de referencia. Entre otras se exponen piezas que son récord mundial en tamaño. A través de las infinitas formas, tamaños, colores, dibujos, estrías, camuflajes, leyendas y anécdotas se ofrece al visitante un universo extraño, poético y didáctico, y le permite compartir esta colección de más de 30.000 piezas, una de las más importantes y bellas del mundo entero. Otro de sus atractivos son los acuarios, donde sus más de 130.000 litros de agua de mar permiten acercar a la vista del turista los secretos del nuestros mares. Los acuarios en exhibición son sistemas vivos, donde a través de un acrílico puede observarse fácilmente la vida de los seres acuáticos, así como comprender y disfrutar de sus características, sus comportamientos y sus relaciones con el medio.
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